Candy Candy
La historia que no podemos volver a ver
Saludos, inventores estrella:
Los he tenido un poco abandonados porque estoy trabajando en varios proyectos (¡con sorpresas incluidas para ustedes y este espacio!). Entre ellas, estoy planeando que por fin podamos vernos en persona.
Para este reencuentro elegí un tema muy especial para mí: Candy Candy… y los derechos de autor que nos arrebataron el final feliz.
Sí, el icónico anime que desapareció de la televisión, y no está disponible legalmente en ningún país desde 1994, debido a un pleito judicial entre sus dos creadoras: Kyoko Mizuki (seudónimo de Keiko Nagita, guionista) y Yumiko Igarashi (ilustradora).
Catarsis hecha historia
La historia fue concebida como una novela por entregas escrita por Mizuki, quien atravesaba el duelo por la pérdida de su madre. En sus palabras:
“Perdí a mi madre cuando tenía 21 años, entonces estaba sola en el mundo. Escribir la historia curó mi dolor. Al crear a Candy, una cosa que decidí desde el principio fue que saber quién era su madre no sería importante para la trama”.
Años antes, Anne Rice escribió Entrevista con el vampiro por una razón similar: procesar el duelo por su hija fallecida.
¿Qué tienen en común? Ambas canalizaron su dolor para crear personajes inolvidables… que luego se volvieron fuente de disputas.
Rice expresó su disgusto por los fan fiction de sus personajes, llegando a prohibirlos y tomando acciones legales contra quienes los escribían.
Cómo una obra compartida puede complicarse
El anime que disfrutamos por televisión fue producida por Toei Animation y se estrenó en 1976, basado en el manga escrito por Kyoko Mizuki (seudónimo de Keiko Nagita) y dibujado por Yumiko Igarashi, publicado en Japón por Kodansha Ltd. entre 1975 y 1979.
Las diferencias entre las autoras existían desde que la obra estaba en emisión. Mizuki tenía una visión trágica —en la que Candy no se quedaba con ningún personaje masculino—, mientras que Igarashi prefería un cierre romántico. Al no ponerse de acuerdo, la historia tuvo un final abrupto, porque no pudieron ponerse de acuerdo para continuar con la historia.
Pero fue una acción aparentemente menor la que desencadenó la disputa legal: Igarashi, enfrentando problemas económicos (cuenta la leyenda que tenía pagos pendientes de la luz), autorizó sin permiso de Mizuki, el uso comercial de una de sus ilustraciones (una portada de la revista Nakayoshi). Igarashi, como creadora de la imagen, no consideraba necesario pedir autorización.
Mizuki, sin embargo, demandó solicitando la confirmación de derechos de autor de las obras derivadas y con ello una prohibición para la reproducción no autorizada de los dibujos.
¿Cómo era la colaboración?
Para comprender el fallo de la corte, revisemos cuál fue el proceso de creación:
Mizuki escribía el argumento, como si se tratara de una novela por entregas, un capítulo a la vez.
Igarashi recibía el capítulo y seleccionaba las escenas que mejor representaban la historia para crear el bosquejo que enviaba al editor.
A través del editor, Mizuki aprobaba cuando el guión gráfico se dividía si no era posible cubrir todo el capítulo que había escrito. Tras lo que escribía un nuevo capítulo a partir del punto en el que se había cortado, que nuevamente era entregado a Igarashi.
La decisión de la Corte
La Corte de Tokio falló a favor de Mizuki. El tribunal determinó que:
Mizuki entregaba los capítulos antes de que se realizaran las ilustraciones.
Por lo tanto, las imágenes creadas por Igarashi eran obras derivadas del texto original.
El fallo reconoció a Mizuki como la autora original, lo que significa que cualquier reproducción o comercialización de las ilustraciones requería su autorización.
Sin embargo, la corte también reconoció que ambas participaron en la creación del manga, por lo que ambas tienen derecho a exigir reconocimiento, integridad y beneficios económicos derivados de la obra conjunta.
Igarashi apeló el fallo, pero la Corte Suprema de Japón mantuvo la decisión: las imágenes de Candy Candy solo pueden explotarse si ambas autoras lo permiten.
Sin embargo, las novelas de Candy Candy, siempre y cuando no utilicen las ilustraciones de Igarashi pueden comercializarse por Mizuki.
Cosa que hizo, tras el fallo de la corte escribió la novela “Candy Candy: La historia definitiva”. Mizuki, sabiendo que los fans estaban esperando un final feliz para Candy (tanto que en Italia editaron el anime para que se reencontrara con Terry) realizó una escritura salomónica. Usando la expresión japonesa “Ano hito” (esa persona), Candy escribe cartas a sus amigos contando lo bien que se encuentra. Así al lector puede imaginarse que Candy se casó con Terry o Albert. Para asegurarte que puede estar con Terry, te cuentan como la salud de Susana tras el accidente empeora y ella muere.
Comprobamos que, sin Igarashi, Candy no es la misma. Así como la UNAM no es la misma sin el pajarito
Así seguimos sin nuevo contenido, reedición o transmisión, porque no son posibles sin el acuerdo de ambas.
Lecciones para inventores y creadores
El caso de Candy Candy es una clase magistral (y dolorosa) sobre la necesidad de acuerdos claros desde el inicio, especialmente cuando hay coautoría. En propiedad intelectual, las buenas intenciones no bastan.
Ya seas inventor, artista o científico: si colaboras, protege por escrito cómo se repartirán los derechos. Hoy no podemos ver Candy Candy por no haberlo hecho.
Y si eres ilustrador, pero no quieres meterte en estos conflictos, puedes usar “la vieja confiable”: ilustrar libros libres de derechos de autor. El Proyecto Gutenberg es una buena fuente de consulta.
💌 Nos leemos la próxima semana con más historias sobre invenciones.
¿Y tú eres #TeamTerry o #TeamAlbert?
Referencia:
Téllez Martínez, C. (2008). El caso de la novela infantil Candy Candy.


